
McCaleb apartó la mirada del barco que entraba y se volvió, de manera que apoyó la espalda en la barandilla.
– No te parece mucho, porque tú estás metida en esta vida, Jaye. Yo no, yo estoy fuera. Bastaría con que volviera a meterme un día para que cambiaran cosas. Vine aquí para empezar de nuevo y olvidarme de todo aquello en lo que era bueno para ser bueno siendo otra cosa. Un padre y un marido, para empezar.
Winston se levantó y se acercó a la barandilla. Se quedó de pie al lado de él, pero contempló la vista mientras que McCaleb estaba de cara a su casa. Habló en voz baja. Si Graciela estaba escuchando desde dentro no iba a poder oírla.
– ¿Recuerdas lo que me contaste sobre la hermana de Graciela? Me dijiste que te habían dado una segunda oportunidad en la vida y que tenía que haber alguna razón para eso. Ahora has construido esta vida con su hermana y su hijo e incluso con vuestra propia hija. Es maravilloso, Terry, lo creo de verdad. Pero ésa no puede ser la razón que estabas buscando. Puede que te lo parezca, pero no lo es. Y en el fondo lo sabes. Tú eras bueno atrapando a esta gente. Al lado de eso, ¿qué significa pescar?
McCaleb asintió levemente, y se sintió incómodo consigo mismo por hacerlo con tanta facilidad.
– Deja el material -dijo-. Te llamaré en cuanto pueda.
De camino a la puerta Winston buscó a Graciela, pero no la vio.
– Debe de estar dentro con el bebé -dijo McCaleb.
– Bueno, despídeme de ella.
– Claro.
Se produjo un silencio incómodo en el resto del camino hasta la puerta. Al final, cuando McCaleb abrió, Winston dijo:
– Bueno, Terry, ¿qué tal es eso de ser padre?
– Es lo mejor y lo peor.
