– ¡Genial!

McCaleb sonrió. A Raymond le encantaba hacer de oteador en la cofa, buscando marlines negros durmiendo o jugando en la superficie del agua. Y, con sus prismáticos, se estaba convirtiendo en un experto. McCaleb miró a Graciela para compartir el momento, pero ella tenía la mirada fija en el plato. No sonreía.

Transcurridos unos minutos más, Raymond había terminado de comer y había pedido permiso para ir a su habitación a jugar en el ordenador. Graciela le dijo que pusiera el volumen bajo para que no despertara al bebé. El chico se llevó el plato a la cocina y Graciela y McCaleb se quedaron solos.

Él comprendía el silencio de su mujer y ella, por su parte, sabía que no podía dar voz a su objeción de que se implicara en un caso, porque había sido su propia solicitud de que investigara la muerte de su hermana lo que los había unido tres años antes. Sus sentimientos estaban atrapados en esta ironía.

– Graciela -empezó McCaleb-. Ya sé que no quieres que haga esto, pero…

– Yo no he dicho eso.

– No hace falta que lo digas. Te conozco y con sólo verte la cara desde que ha venido Jaye…

– Lo que no quiero es que esto cambie. Nada más.

– Lo entiendo. Yo tampoco quiero que cambie. Y no va a cambiar. Lo único que voy a hacer es mirar el expediente y la cinta y darle mi opinión a Jaye.

– Será más que eso. Te conozco. Te he visto en acción y sé que te quedarás enganchado. Es tu especialidad.

– No quiero implicarme. Sólo voy a hacer lo que me ha pedido. Ni siquiera lo haré aquí. Voy a llevarme lo que me ha dado al barco, ¿vale? No quiero tenerlo en casa.

McCaleb sabía que iba a hacerlo con el consentimiento de Graciela o sin él, pero deseaba su aprobación de todos modos. La relación entre ambos era todavía tan reciente que él siempre buscaba la aprobación de ella. Había pensado en el asunto y se preguntaba si tenía algo que ver con su segunda oportunidad.



12 из 346