El sentimiento de culpa lo había acosado en los últimos tres años, y todavía surgía cuando menos se lo esperaba, como un control de carretera. De alguna manera sentía que si aquella mujer le daba el permiso para seguir viviendo, todo estaría bien. Su cardióloga lo había llamado la culpa del superviviente. Él vivía porque otra persona había muerto y por eso debía ganarse la redención. Pero McCaleb pensaba que esa explicación era demasiado simple.

Graciela puso mala cara, aunque a McCaleb le seguía pareciendo hermosa. Tenía la piel cobriza y un pelo castaño oscuro que enmarcaba un rostro con ojos de un marrón tan oscuro que apenas se distinguía el iris de la pupila. La belleza de su esposa era otra de las razones por las que buscaba siempre su aprobación. Había algo purificador en sentirse bañado por la luz de su sonrisa.

– Terry, he escuchado lo que hablabais en el porche, después de que la niña se durmiera. Oí lo que dijo Jaye acerca de qué era lo que hacía latir tu corazón y de que no pasa un día sin que pienses en tu trabajo. Sólo te pido que me digas si tenía razón.

McCaleb se quedó un momento en silencio. Miró el plato vacío y luego hacia el puerto y las luces de las casas que trepaban por la otra colina, hasta el hotel de la cima del monte Ada. Asintió muy despacio y luego volvió a mirarla.

– Sí, tenía razón.

– Entonces, todo esto, lo que hacemos aquí, la niña, ¿es una mentira?

– No, claro que no. Esto lo es todo para mí y lo protegería con todo lo que tengo. Pero la respuesta es que sí, pienso en lo que era y en lo que hacía. Cuando estaba en el FBI salvaba vidas, Graciela, así de simple. Luchaba contra el mal para que este mundo fuera un poco menos oscuro. -Levantó la mano e hizo un gesto hacia el puerto-. Ahora tengo una vida maravillosa contigo y con Cielo y con Raymond. Y pesco para la gente rica que no tiene otra cosa en la que gastar el dinero.

– O sea que quieres las dos cosas.



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