
– No sé lo que quiero, pero sé que cuando Jaye estuvo aquí yo le hablaba porque sabía que me estabas escuchando. Decía lo que querías escuchar, pero sabía que no era lo que de verdad quería yo. Lo que quería era abrir ese expediente y ponerme a trabajar en ese mismo instante. Jaye no se equivocaba conmigo, Gracie. No me había visto en tres años, pero me tenía bien calado.
Graciela se levantó y rodeó la mesa para ir a sentarse en el regazo de su marido.
– Es sólo que estoy asustada por ti -dijo, y se abrazó a él.
McCaleb sacó dos vasos altos del armario y los puso en la encimera. Llenó el primero con agua mineral y el segundo con zumo de naranja. Entonces, empezó a tragar las veintisiete pastillas que había alineado en la mesa, acompañándolas con sorbitos de agua y de zumo para ayudar a pasarlas. Tomarse las píldoras -dos veces al día- era su ritual, y lo detestaba. No era por el sabor, eso era algo que ya había superado con creces en los últimos tres años, sino porque el ritual constituía un recordatorio de la extrema dependencia de factores externos que tenía su vida. Las pastillas eran una correa. No podría vivir mucho tiempo sin ellas. Buena parte de su mundo giraba en torno a asegurar que siempre las tendría. Hacía planes acerca de ellas, las acaparaba. A veces incluso aparecían en sus sueños.
Cuando hubo acabado, McCaleb fue a la sala de estar, donde Graciela estaba leyendo una revista. No levantó la mirada cuando él entró, otra señal de que no le hacía gracia lo que de repente estaba sucediendo en su casa. Él se quedó allí un momento, pero al ver que nada cambiaba se fue a la habitación de la niña, al fondo del pasillo.
Cielo continuaba dormida en su cuna. La luz del techo estaba atenuada y subió la intensidad lo justo para verla con claridad. Se acercó a la cuna y se inclinó para sentir la respiración del bebé y percibir su olor. Cielo tenía la piel y el pelo oscuros, como su madre, pero los ojos eran azules como el océano.
