Entonces la cámara enfocó el hombro de la víctima y se aproximó, al tiempo que Winston retiraba con suavidad el asa del cubo de la barbilla del hombre y procedía a levantarlo cuidadosamente para descubrir la cabeza.

– Bueno-dijo.

La detective mostró el interior del cubo a la cámara -la sangre se había coagulado en el interior- y a continuación lo puso en una caja de cartón para almacenar pruebas. Luego se volvió y miró a la víctima.

Habían enrollado cinta aislante gris alrededor de la cabeza de la víctima para formar una mordaza muy apretada en torno a la boca. Los ojos estaban abiertos e hinchados, a punto de salirse de sus órbitas. Había hemorragias en ambas córneas y la piel que rodeaba los ojos también estaba roja.

– PC -dijo el compañero, señalando los ojos.

– Kurt -dijo Winston-. Hay sonido.

– Perdón.

Estaba diciéndole a su compañero que se ahorrase las observaciones. De nuevo, estaba salvaguardándose de cara al futuro. McCaleb sabía que Kurt había reparado en la hemorragia, o petequias conjuntivas, que siempre acompañaban a una muerte por estrangulación. Aun así, la observación tenía que realizarla un forense al jurado, no un detective de homicidios en la escena del crimen.

La sangre había apelmazado el pelo algo largo de la víctima y se había acumulado en la parte del cubo en contacto con la mejilla izquierda. Winston empezó a mover la cabeza del cadáver y pasar los dedos por el cabello en busca del origen de la sangre. Al final encontró la herida en la coronilla. Retiró el pelo al máximo para verla.

– Barney, haz un primer plano de esto si es que puedes -dijo.

La cámara se acercó. McCaleb vio una herida pequeña y circular que no parecía perforar el cráneo. Sabía que la cantidad de sangre no siempre tenía relación con la gravedad de la herida, incluso heridas sin importancia en el cuero cabelludo podían derramar gran cantidad de sangre. En cualquier caso el informe de la autopsia le proporcionaría una descripción exhaustiva de la herida.



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