– Barn, graba esto -dijo Winston desviándose levemente del anterior tono monocorde-. Parece que hay algo escrito en la cinta que hace de mordaza.

Ella lo había observado al manipular la cabeza. La cámara se acercó. McCaleb distinguió unas letras ligeramente marcadas en la cinta aislante, allá donde ésta cruzaba la boca. Las letras parecían escritas en tinta, pero el mensaje estaba tapado por la sangre. McCaleb logró leer lo que parecía una palabra del mensaje.

– Cave -leyó en voz alta-. ¿Cave?

Pensó que tal vez era sólo parte de una palabra, pero no podía pensar: la única palabra más larga que se le ocurría era «caverna».

McCaleb congeló la imagen y se limitó a mirar, cautivado. Lo que estaba viendo lo transportaba a los lejanos días en que se dedicaba a trazar perfiles psicológicos, a una época en la que casi todos los casos que le asignaban le planteaban la misma pregunta: «¿Qué alma oscura y torturada es capaz de hacer esto?»

Las palabras de un asesino siempre eran significativas y situaban el caso en un plano superior. Por lo general, indicaban que el asesinato era una declaración, un mensaje transmitido del asesino a la víctima y de los investigadores al mundo.

McCaleb se levantó y bajó de la litera superior uno de los viejos archivadores. Levantó rápidamente la solapa y empezó a pasar los expedientes en busca de una libreta con algunas páginas en blanco. Empezar cada uno de los casos que le asignaban con una libreta de espiral nueva formaba parte de su ritual en el FBI. Al final encontró un expediente en el que sólo había un FSA y una libreta. Con tan pocos papeles en el expediente, sabía que sería un caso breve y que la libreta tendría muchas hojas en blanco.

McCaleb pasó las hojas de la libreta y vio que ésta apenas había sido usada. Entonces leyó la primera página del Formulario de Solicitud de Asistencia y enseguida reconoció el caso.



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