McCaleb explicó al detective que en su opinión los hombres no eran asesinos múltiples, sino que habían estado recogiendo el contenido de los receptáculos para tirar tampones de los lavabos que habían limpiado. Se llevaban los tampones a casa y los congelaban. Cuando se iniciara la temporada de caza probablemente los descongelarían y los utilizarían para atraer a los osos, que eran capaces de oler la sangre desde una larga distancia. La mayoría de los cazadores utilizaban basura como cebo, pero no había nada mejor que la sangre.

Terry McCaleb recordó que el detective se había mostrado decepcionado de no tener ningún asesino o asesinos en serie entre manos. O bien estaba avergonzado porque un agente del FBI hubiera resuelto tan rápidamente el misterio sentado en un despacho de Quantico, o simplemente estaba molesto al darse cuenta de que su caso no iba a atraer la atención de los medios de comunicación nacionales. Colgó sin despedirse y McCaleb no volvió a saber nada más de él.

McCaleb arrancó las pocas páginas de notas del caso de la libreta, las puso en el expediente, junto con el FSA y devolvió el archivador a su lugar en la litera convertida en estantería. Empujó el archivador hasta el fondo y éste resonó en el mamparo.

McCaleb volvió a sentarse, miró la imagen congelada de la pantalla de la televisión y acto seguido la página en blanco de la libreta. Al final, sacó el bolígrafo del bolsillo de la camisa y estaba a punto de empezar a escribir cuando la puerta del camarote se abrió de repente y apareció Buddy Lockridge.

– ¿Estás bien?

– ¿Qué?

– Estoy bien, Buddy. Sólo…

– Joder, ¿qué cono es eso?

Buddy estaba mirando la tele. McCaleb levantó inmediatamente el mando a distancia y apagó el aparato.



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