
Las muñecas estaban atadas con otro trozo de cuerda enrollado seis veces y luego asegurado con un nudo. Las ligaduras habían causado profundas marcas en la piel de muñecas y tobillos, lo cual indicaba que la víctima se había resistido durante un buen rato antes de sucumbir.
Una vez completada la grabación del cadáver, Winston pidió al invisible cámara que hiciera un inventario en vídeo de las distintas estancias del apartamento.
La cámara se alejó del cuerpo y enfocó el resto del salón comedor. La casa parecía amueblada en una tienda de muebles usados. No había ninguna uniformidad, los muebles eran de estilos completamente diferentes. Las escasas reproducciones de pinturas enmarcadas de las paredes parecían sacadas de una habitación de un hotel Howard Johnson de diez años atrás: todo en naranja y tonos pastel. Al fondo de la sala había una vitrina de porcelanas sin porcelana. Había algún que otro libro en los estantes, pero la mayoría estaban vacíos. Encima de la vitrina, McCaleb vio algo que le resultó curioso. Se trataba de una lechuza de cincuenta centímetros de alto que parecía pintada a mano. McCaleb había visto muchas parecidas antes, sobre todo en el puerto de Avalon y en el de Cabrillo. En la mayoría de los casos, las lechuzas o los búhos estaban hechos de plástico hueco y situados en lo alto de los mástiles o en los puentes de los barcos a motor, en un intento, por lo general infructuoso, de mantener alejados de los barcos a las gaviotas y otras aves. La teoría se basaba en que al ver a la lechuza como un depredador las otras aves no se acercarían, y por tanto no ensuciarían las embarcaciones con sus deposiciones.
McCaleb también había visto que las usaban en el exterior de edificios públicos en los que las palomas eran un incordio. Pero lo que le interesaba de la lechuza de plástico era que nunca había visto ninguna como elemento decorativo en el interior de una casa.
