McCaleb siempre había pensado que Jaye Winston era atractiva en un estilo un poco masculino. Tenía el pelo rubio rojizo largo hasta los hombros. Nunca la había visto maquillada en el tiempo que trabajaron juntos, pero tenía unos ojos agudos y conocedores y una sonrisa fácil y en cierto modo triste, como sí en todo viera el humor y la tragedia al mismo tiempo. Llevaba vaqueros negros y una camiseta blanca debajo de un blazer negro. Tenía aspecto de ser leal y dura, y McCaleb sabía por experiencia que lo era. Solía recogerse el pelo tras la oreja con frecuencia mientras hablaba, y a él le resultaba un gesto atractivo, por alguna razón desconocida. Siempre había pensado que de no haber conectado con Graciela quizá habría tratado de conocer mejor a Jaye Winston. Y también sentía que ella lo sabía de un modo intuitivo.

– En cierto modo, el motivo de mi visita me hace sentir culpable -dijo ella.

McCaleb señaló con la cabeza la carpeta y la cinta de vídeo.

– Has venido por trabajo. Podrías haber llamado, Jaye. Probablemente te habrías ahorrado tiempo.

– No, no enviaste ninguna tarjeta con el cambio de dirección y teléfono. Supongo que no quenas que la gente se enterara de dónde te habías instalado. -Winston se recogió el pelo tras la oreja derecha y sonrió de nuevo.

– En realidad, no -dijo él-. Simplemente no pensaba que nadie quisiera saber dónde estaba. Así que, ¿cómo me has encontrado?

– Estuve preguntando en el puerto en Cabrillo. Me dijeron en la oficina del puerto que aún conservabas el amarre, pero que te habías trasladado aquí. Así que crucé en el ferry y tomé un taxi acuático por el puerto hasta que lo encontré. Tu amigo estaba allí. El me explicó cómo llegar hasta aquí.

– Buddy.

McCaleb miró hacia el puerto y localizó el Following Sea, a menos de un kilómetro de allí. Veía a Buddy Lockridge inclinado en la popa. Al cabo de unos momentos supo que Buddy estaba limpiando los carretes con la manguera que salía del depósito de agua dulce.



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