
– Bueno, ¿de qué se trata, Jaye? -dijo McCaleb sin mirar a Winston-. Tiene que ser importante para que te hayas tomado tantas molestias en tu día libre. Supongo que libras los domingos.
– Casi todos.
Winston apartó la cinta de vídeo y abrió la carpeta. Esta vez McCaleb miró. Aunque la tenía del revés, sabía que la primera página era un informe de incidencia, por lo general la primera página de cualquier expediente de homicidios que había leído. Era el punto de partida. Se fijó en la dirección. Incluso del revés vio que se trataba de un caso de West Hollywood.
– Tengo aquí un caso y esperaba que pudieras echarle un vistazo. En tu tiempo libre, claro. Creo que puede ser uno de los tuyos. Me gustaría que le dieras una leída, y si puede ser que me señalaras algo nuevo.
En cuanto había visto la carpeta en manos de Winston, McCaleb ya había adivinado que era eso lo que iba a pedirle. Sin embargo, al oír la pregunta sintió una confusa mezcla de sensaciones. Le entusiasmaba la posibilidad de recuperar una parte de su vida anterior, pero al mismo tiempo se sentía culpable por la idea de traer la muerte a una casa tan llena de vida nueva y felicidad. Miró hacia la corredera abierta para ver si Graciela estaba mirándolos. No era así.
– ¿Uno de los míos? -dijo-. Si es un asesino en serie, no pierdas el tiempo. Llama al FBI. Maggie Griffin…
– Ya lo he hecho, Terry, pero sigo necesitándote.
– ¿De cuánto tiempo estamos hablando?
– Dos semanas.
Los ojos de Winston se alzaron de la carpeta para mirar a McCaleb.
– ¿El día de Año Nuevo?
Ella asintió.
– El primer asesinato del año -dijo-. Al menos en el condado de Los Ángeles. Para alguna gente el milenio no empezó hasta este año.
– ¿Crees que es un loco del milenio?
– Creo que el que hizo esto es un loco de alguna clase. Por eso estoy aquí.
