
– ¿Qué tal?-pregunta.
– Cada vez te sale mejor.
El soldado se siente como un perro al que palmean la cabeza porque ha hecho las fiestas de costumbre al amo, pero hay algo que lo inquieta: esa facilidad para acabar con todo sin un segundo pensamiento, como en un trance. Mira a su hermano que está tendido en el suelo, boca arriba, con los ojos fijos en algún lugar del cielo, más allá, mucho más allá de lo que él puede imaginar. Se acuesta a su lado y busca afuera lo que el otro está mirando, pero no logra ver otra cosa que la noche a través de la ventana.
– ¿Jano?
– ¿Hmmm…?
– ¿De verdad es así?
– ¿Así cómo?
– La muerte y el honor…
El hermano vuelve a ser el general. Hasta la voz parece engrosarse para responder al soldado.
– Un hombre debe saber vivir y morir.
– Pero, Jano, ¿de qué te sirve morir?
– ¿Y de qué te sirve vivir deshonrado?
El soldado no sabe qué contestar. Casi nunca sabe. Adora a su hermano que siempre tiene una respuesta inteligente a flor de labios. A veces, sin embargo, le da miedo.
– Tengo sueño -dice por decir algo.
– ¿Te lavaste los dientes? ¿Uniforme pronto? ¿Merienda en la cartera? Deberes, ¿hiciste los deberes?
El soldado se pone de pie con un salto. Luego estira su mano y ayuda al general a levantarse. Los hermanos se hacen la venia antes de dormir. Al poco rato, el soldado baja de su cama, se pone de rodillas sobre la alfombra y busca en la oscuridad. El general vuelve de un sueño incipiente y se molesta.
– ¿Qué estás haciendo, Tadeo? ¿No ves que no puedo dormir?
– El arma, ¿dónde quedó el arma?
– Dejá eso ahora y acostate.
