La joven poseía una brillante mata de pelo oscuro con unos profundos reflejos rojizos que captaban y reflejaban toda la luz de la estancia en la que se encontrara. Destacaba entre las jóvenes rubias que tantos caballeros de la sociedad preferían como una lustrosa piedra de ébano en una playa de arenas blancas.

Y sus ojos tenían un inusual matiz verdoso. Como si uno observara una esmeralda a través de un cristal de color verde mar. Cada vez que la miraba directamente a los ojos, sentía como si estuviera mirando un océano insondable cuyo fondo fuera un césped frondoso. Le recordaba a un cuadro que había visto en una ocasión de una ninfa emergiendo del mar. Había observado cómo esos ojos claros y vivaces brillaban con calidez y chispeante travesura cuando estaba en compañía de sus amigas, pero se volvían gélidos cada vez que su mirada se cruzaba con la de ella.

Desde la primera vez que se vieron, poco tiempo después de su llegada a Londres, ella lo había mirado con desdén por encima del hombro, y él la había considerado otro consentido, prepotente y arrogante diamante de la sociedad. El tipo de mujer que no le gustaba. En absoluto. Prefería a una moza de taberna divertida y juguetona antes que a cualquier jovencita de sangre azul que con sus elegantes vestidos de noche, sus brillantes joyas y su aire altivo se creía claramente superior a los meros mortales.

Aun así, como Logan había entablado amistad con los amigos de lady Emily, siempre que la veía se encontraba atraído contra su voluntad por ese pícaro brillo de sus ojos mientras se preguntaba qué tipo de travesura habría ideado en esa ocasión la correcta hija del conde.

Y lo había descubierto.

Hacía tres meses. El día de la boda de Gideon con lady Julianne Bradley, un acontecimiento que había estado en boca de toda la sociedad. Entonces había tenido lugar -por sugerencia de lady Emily -un breve encuentro privado entre Logan y ella. Un encuentro que había desembocado, por iniciativa de ella, en un beso inesperado.



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