Aquel maldito beso le había estremecido hasta los huesos, dejándole totalmente conmocionado hasta que ella se había apartado de él y le había mirado como si fuera un bicho asqueroso pegado a la suela de su delicado escarpín de raso. Al instante -o más bien cuando Logan había conseguido recuperar el sentido común que ella le había arrebatado tan eficazmente -se mostró desconfiado ante los motivos que ella pudiera haber tenido. Ni por un momento se creyó la afirmación de Emily de que sólo había querido satisfacer su curiosidad. ¿Cómo iba a creer tal cosa cuando hasta ese momento ella había hecho todo lo posible para evitarle, hasta el punto de que él no estaba seguro de si aquellos considerables esfuerzos por eludirlo le divertían o le irritaban?

No, parecía mucho más probable que ella hubiera descubierto que su padre le debía una fortuna y decidiera jugar con él, procurando persuadirlo con sus encantos para que le perdonara la deuda. Como si un simple beso -o cualquier otra cosa que ella pudiera ofrecerle -fuera a lograr ese objetivo. Logan jamás había dejado que el placer o los sentimientos personales interfirieran en sus negocios.

No obstante, el repentino cambio de la joven le había desequilibrado por completo. Si hubiera podido pensar con claridad, demonios, si hubiera podido formar una sola frase coherente, le habría exigido que le dijera la verdad. Pero hablar estuvo más allá de sus posibilidades, y ella abandonó la estancia antes de que él volviera a pensar de manera coherente. Y aquel simple beso, que durante unos segundos lo había dejado fuera de combate, había encendido un fuego en él que Logan no había sido capaz de apagar. Un beso que se volvió frustrantemente inolvidable.

El día después de la boda y de aquel condenado beso, Emily y su familia se fueron al campo, y no la había vuelto a ver desde entonces.



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