
Llamó y la puerta se abrió como si los estuvieran esperando. Cuqui, la mulatica que ahora vivía con Candito, sólo había tenido que extender el brazo para hacer girar el picaporte. Como todos los vecinos del solar, ella también veía la telenovela, y en su rostro apareció el asombro del personaje que al fin descubre toda la verdad. «Yo soy el culpable», pensó decir el Conde, pero se contuvo.
– Pasen, pasen -insistió ella, pero en su voz había la in-certidumbre del personaje folletinesco: se negaba a creerlo, y tal vez por eso gritó, hacia el interior, sin dejar de observar a los recién llegados-: Candito, tienes visita.
Como en un teatro de títeres, Candito el Rojo asomó su cabeza azafranada entre las cortinas que ocultaban la cocina y el Conde comprendió el código: tener visita significaba algo diferente a tener clientes, y Candito debía salir con cuidado. Pero, al verlos, el mulato sonrió y avanzó hacia ellos.
– Coño, Carlos, lo convenciste -dijo, mientras estrechaba las manos de sus dos viejos compañeros del Preuniversitario.
– Yo te dije que venía y aquí estoy, ¿no?
– Bueno, cuelen, que todavía me queda algo. Oye, Cu-qui, prepara un lasqueadito especial para los socios y deja la novela esa, anda. Si cada vez que la veo están hablando la misma cascara…
Candito acomodó los muebles para que la silla del Flaco pudiera atravesar la sala, levantó la cortina que ocultaba la cocina y abrió la puerta que daba al patio: unas seis mesas, todas ocupadas, hicieron que el Conde se detuviera.
