Últimamente, sin embargo, el Conde había visto pocos juegos de pelota en la esquina. Los muchachos parecían preferir otras diversiones menos enérgicas y malolientes que esa de correr, batear y gritar, durante varias horas, bajo el sol calcinante del verano, y él se preguntaba qué harían los muchachos de ahora en las tardes largas de agosto. Ellos no: ellos siempre jugaban pelota, recordó, y recordó que de ellos ya no quedaban muchos en el barrio: mientras unos entraban y salían de la cárcel por delitos mayores y menores, otros se habían mudado para sitios tan disímiles como Alamar, Hialeah, Santiago de las Vegas, Union City, Cojímar o Estocolmo, y hasta tenían a uno con billete sin vuelta hacia el Cementerio de Colón: pobre Marquitos. Por eso, aunque quisieran y tuvieran fuerzas en las piernas y resistencia en los brazos para hacerlo, los de entonces ya nunca podrían organizar otro piquete de pelota, allí en la esquina: porque la vida había devastado aquella posibilidad, como tantas otras.

Cuando la discusión y el festejo terminaron, los muchachos decidieron celebrar otro partido y los dos líderes evidentes del grupo se dispusieron a escoger a los jugadores de cada equipo para redistribuir las fuerzas y continuar la guerra en condiciones más equitativas. Entonces el Conde tuvo una idea: les pediría jugar. Se sentía macerado por las ocho horas de trabajo en la Oficina de Información de la Central de Policía, pero sólo eran las seis de la tarde y prefería no regresar aún al calor solitario de su casa. Lo mejor que podía hacer era ponerse a jugar pelota. Si lo dejaban.

Se acercó al grupo, que estaba alrededor de la tabla escogida comohome-plate, y llamó al hijo del negro Felicio. Felicio fue uno de los que siempre jugaron con él y, por el tiempo que el Conde llevaba sin verlo, supuso que otra vez estaría preso. El muchacho era tan negro como su padre y había heredado también aquel olor a sudor, abrasivo y amargo, que el Conde conocía de memoria, pues él tenía la facultad de adquirirlo siempre que andaba con Felicio.



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