– Rubén -le dijo entonces al negrito, que lo miraba extrañado-, ¿tú crees que pueda jugar un rato con ustedes?

El muchacho siguió observándolo como si no lo hubiera entendido, y luego miró hacia sus amigos. El Conde pensó que se imponía una explicación.

– Hace tiempo que no juego y me dieron ganas de coger unas cuantas pelotas…

Entonces Rubén se acercó a los otros jugadores, para no cargar él solo con el peso de la decisión. En este país es mejor consultarlo todo, pensó el Conde, mientras esperaba el veredicto. Las opiniones parecían divididas y el acuerdo demoró más de lo previsible.

– Está bien -dijo al fin Rubén, en su función de intermediario, pero ni él ni los otros parecían complacidos ante aquella concesión.

Mientras discutían la formación de los equipos, el Conde se quitó la camisa y dobló dos veces los bajos de sus pantalones. Por suerte, ese día no había llevado la pistola al trabajo. Puso la camisa sobre el muro de la casa donde había vivido el gallego Enrique -muerto él también, hacía diez, ¿veinte?, ¿mil años?-, y al fin le dijeron que era del equipo de Rubén y que iba a servir al campo. Pero, al verse rodeado de los muchachos, sin camisa como ellos, el Conde sintió la evidencia de que todo resultaba demasiado absurdo y forzado: percibía en la piel la mirada socarrona de los jóvenes y pensó que tal vez debían de verlo como al primer misionero llegado a una tribu remota: era un extraño, con otras palabras y otras costumbres, y no le sería fácil integrarse a aquella cofradía que no lo había solicitado, ni lo quería, ni podía entenderlo. Además, todos aquellos muchachos debían de saber que él era policía y, respondiendo a la ética ancestral del barrio, no les resultaría especialmente grato que otros los vieran en tales confianzas con el Conde, por muy amigo que hubiera sido de sus padres o hermanos mayores. Sí, había ciertas cosas que no cambiaban en la esquina.



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