Mientras los de su equipo avanzaban a cubrir sus posiciones, el Conde recogió su camisa y se acercó a Rubén. Quiso pasarle el brazo por los hombros, pero se contuvo al presentir el contacto de su piel con la capa de sudor que cubría al muchacho.

– Discúlpame, Rubén, pero me acordé de que me van a llamar por teléfono. Otro día jugamos -le dijo.

Y se alejó hacia la Calzada, sintiendo que el sol, rojo, impío, ubicado ya a la altura de sus ojos, le quemaba el cuerpo y el alma. Sobre su cabeza pudo ver la espada en llamas que le indicaba la salida irreversible de aquel paraíso irremisiblemente perdido que había sido suyo, y ya no era ni volvería a ser. Si aquella esquina no le pertenecía, ¿quedaba algo bajo su título de propiedad? La lacerante sensación de ser ajeno, forastero, distinto, lo envolvió con tanta fuerza que el Conde tuvo que contenerse y aferrarse a las últimas virutas de su orgullo para no echarse a correr. Y sólo entonces, al recuperar plenamente la conciencia del calor impropio para estar corriendo en la esquina, comprendió la razón pura por la que no habían querido aceptarlo: Cómo no me di cuenta, estos cabrones están jugando dinero…

– ¿Qué te pasa, salvaje?

– No sé. Creo que estoy cansado.

– Qué calor, ¿verdad?

– Del carajo.

– Tienes cara de mierda, tú.

– Me lo imagino -admitió el Conde, tosió y escupió por la ventana hacia el patio de la casa. Desde su silla de ruedas el Flaco Carlos lo observó y alzó los hombros. Sabía que cuando su amigo se comportaba así, lo mejor era ignorarlo. Siempre había dicho que el Conde era un cabrón sufridor, un incorregible recordador, un masoquista por cuenta propia, un hipocondriaco a prueba de golpes y el tipo más difícil de consolar de los que había en el mundo, y ese día no parecía tener deseos de invertir tiempo y neuronas en desentrañar el ataque de melancolía aguda que sufría su amigo.



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