
– ¿Quieres poner música? -le preguntó entonces.
– ¿Tú quieres?
– Era un decir. Por hacer algo, ¿no?
El Conde se acercó a la larga hilera de casetes que ocupaban el paño superior de los estantes. Recorrió con la vista los títulos e intérpretes, y casi ni se asombró esta vez del ecléctico gusto musical del Flaco.
– ¿Qué te gustaría oír? ¿Los Beatles? ¿Chicago? ¿Fórmula V? ¿Los Pasos? ¿Credence?
– Anjá, Credence -fue otra vez el acuerdo: les gustaba oír la voz compacta de Tom Foggerty y las guitarras primitivas de Credence Clearwater Revival.
– Sigue siendo la mejor versión deProud Mary.
– Eso ni se discute.
– Canta como si fuera un negro, o no: canta como si fuera Dios, qué coño.
– Sí, qué coño -dijo el otro, y se sorprendieron mirándose a los ojos: en el mismo instante los dos habían sentido la agresiva certeza de la reiteración morbosa que vivían. Aquel mismo diálogo, con iguales palabras, lo habían repetido otras veces, muchas veces, durante casi veinte años de amistad, y siempre en el cuarto del Flaco, y su resurrección periódica les provocaba la sensación de que penetraban en el reino encantado del tiempo cíclico y perpetuo, donde era posible imaginar que todo es inmaculado y eterno. Pero muchas señales visibles, y otras tantas agazapadas tras la vergüenza, el miedo, el rencor y hasta el cariño, advertían que lo único permanente era la voz grabada de Tom Foggerty y las guitarras de Credence: la calvicie amenazante del Conde y la gordura enfermiza del Flaco, que ya no era flaco; la tristeza compacta de Mario y la invalidez irreversible de Carlos eran, entre otras miles, pruebas demasiado fehacientes de un desastre lamentable y para colmo ascendente.
– ¿Hace días que no ves a Candito el Rojo? -le preguntó el Flaco cuando terminó la canción.
– Sí, hace una pila de días.
