– La otra tarde vino por aquí y me dijo que había dejado el negocio de hacer zapatos. -¿Y en qué está metido ahora?

El Flaco miró hacia la grabadora, como si de pronto algo en el aparato o en la canción lo hubiera distraído.

– ¿Qué te pasa, bestia?

– Nada… Ahora tiene una piloto y vende cerveza…

El Conde movió la cabeza y sonrió. A varios kilómetros de distancia podía olfatear las intenciones de su amigo.

– Y me dijo que por qué no íbamos un día, tú y yo…

El Conde volvió a mover la cabeza y repitió la sonrisa.

– Tú sabes que yo no puedo ir a eso, Flaco. Eso es ilegal y si pasa algo…

– Ah, Mario, no jodas. Mira, con la clase de calor que hace hoy, la cara de mierda que tú tienes… y de aquí a casa de Candito es cerca… Unas cervecitas. Dale, vamos.

– No puedo, bestia. Coño, acuérdate que yo soy policía -dijo, levantando con los débiles brazos de su voluntad malherida unas banderas que clamaban S.O.S.-. No sigas Flaco.

Pero el Flaco siguió:

– Coño, yo estoy desesperado por ir y pensé que te ibas a embullar. Tú sabes que nunca salgo de aquí, estoy más aburrido que un sapo debajo de una piedra… Unas cervecitas frías. Por mi cumpleaños, ¿no? Y tú ya casi que ni eres policía…

– Pero qué clase de hijo de puta tú me has salido, Flaco. Si tu cumpleaños es la semana que viene.

– Está bien, está bien. Si tú no quieres, no vamos…

El Conde detuvo la silla de ruedas al llegar a la entrada del solar. Volvió a secarse el sudor, mientras observaba el pasillo flanqueado de puertas. Le pesaban los brazos por el esfuerzo de conducir las doscientas cincuenta libras de su amigo por más de diez cuadras, en las que debió ascender dos lomas con sus inevitables descensos. Al fondo del pasillo una lámpara parpadeante arañaba la penumbra y de las puertas abiertas de cada cuarto del solar brotaba el brillo de las pantallas de los televisores y las voces de los personajes de la novela de turno.



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