Kelly se removió en su asiento de nuevo.

– Creo que en estas condiciones el uso del cinturón es imprescindible. Pero también sé que no están pensados para mujeres embarazadas, así que si te sientes incómoda…

Por lo que parecía, Mac se había dado cuenta de que algo no marchaba bien, y no iba a parar hasta conseguir que ella confesara cuál era el problema.

– Mac, es cierto que estoy incómoda, pero no se debe ni al cinturón, ni a la boda, ni al tiempo. Es sólo que necesito ir al baño.

– ¡Oh! ¿Justo ahora? Creo que no tardaremos más de veinte minutos en llegar a casa…

– Me doy cuenta de que nunca has estado embarazado de siete meses, pero te puedo asegurar que dentro de veinte minutos estaré completamente desesperada, así que eso no resuelve el problema.

– De acuerdo. No te preocupes, en pocos minutos, pararemos en una gasolinera. Aunque no creo que haya muchas abiertas, ya que es Nochevieja. Además, me temo que…

– Mac.

– ¿Qué?

– Para donde puedas.

– ¿Que me pare donde pueda? ¿Es que no te das cuenta de que estamos en medio de una ventisca de nieve y de que hace un frío infernal?

Kelly se sintió conmovida por la reacción de su marido. Nunca lo había visto tan aturdido.

– Bueno, ya sé que debería habértelo dicho antes, pero ahora ya es tarde. Y necesito bajar del coche inmediatamente.

El paró el coche a un lado de la carretera.

– Si necesitas…

– No te preocupes, desde el cuarto mes de embarazo, siempre llevo toallas de papel conmigo.

El viento soplaba con una fuerza endemoniada haciendo que la nieve se metiera por todas partes. Kelly pensó que era un modo extraño de comenzar un matrimonio. Cuando volvió al coche, con los pies y el pelo empapados, y con nieve en las pestañas y en la nariz, Mac no pudo evitar una sonrisa divertida.



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