
Al otro lado del vestíbulo estaba la escalera que conducía a la planta de arriba. Luego estaba la parte oeste de la casa, que no recordaba. Pero no le hizo falta porque encontró en seguida a Mac en el enorme salón. Ya desde la entrada, no pudo evitar ponerse nerviosa de nuevo.
La habitación era maravillosa. El techo y las paredes estaban cubiertas por paneles de madera. El arco enorme de una chimenea de piedra llegaba casi hasta el techo y era lo suficientemente grande como para asar en ella un oso. Ninguno de los muebles era especialmente moderno. Eran fríos y escogidos, evidentemente, por un hombre: sillas enormes, dos grandes sofás y antigüedades con cierto sabor al Oeste. Finalmente, el tapizado de color verde oscuro de los sillones parecía resaltar la madera de los paneles. Era un lugar perfecto, por lo menos para un hombre, excepto por las maletas y las cajas que se apilaban por todas partes.
Mac se había quitado la chaqueta del frac y se había desabrochado los botones superiores de la camisa. Al entrar ella, estaba agachado en el suelo, encendiendo la chimenea. Había conseguido ya encender algunas llamas que llenaron la sala de olor a pino.
Mac se levantó con una sonrisa en los labios.
– Me estaba empezando a preguntar si te habías perdido.
– Será mejor que te diga cuanto antes que tengo el sentido de la orientación de un murciélago sordo. Me puedo perder en una habitación con una sola puerta. Por cierto, tienes una casa preciosa, Mac.
– Ahora también es tu casa -contestó él, acercándose a un grupo de maletas apiladas-. Mandé traer tu ropa esta tarde, pero no dije nada acerca de los muebles. Creo que podríamos ir a tu apartamento dentro de unos días para que elijas lo que quieras traer…
