Kelly caminó por la cocina.

– Oh, Mac. Te estoy dando tanto trabajo.

– No te preocupes. Me imaginé que quizá tendrías hambre por las mañanas…

– Siempre tengo hambre, pero, desgraciadamente, suelo tener náuseas por las mañanas y no puedo tomar más que un zumo y una tostada.

– Tostada -repitió él. Naturalmente, la única cosa en la que no había pensado-. No hay problema. Sé que tiene que haber pan en algún sitio…

Ella hizo un gesto para que se calmara.

– No seas tonto. Tú puedes desayunar, no hace falta que me esperes. Y yo tengo que empezar a saber dónde están las cosas en la cocina. Te puedo ayudar a colocar toda esa comida…

– No, no. Siéntate y relájate -sugirió él, pensando en que era mejor apartarla del horno y de toda aquella comida, sobre todo si le daban ganas de vomitar-. ¿Dormiste bien?

– Muy bien, aunque el niño no dejó de darme patadas. Y tuve un pequeño problema con el colchón…

– ¿El colchón? -preguntó, levantando la cabeza de la jarra de zumo.

– Sí. No estoy preparada para una vida lujosa. Apenas puedo dormir si el colchón no tiene bultos.

Mac había hecho una lista completa de las cosas que ella podría necesitar, pero nunca imaginó que pudiera necesitar un colchón con bultos.

– Mac… quizá puedes dejar de echar el zumo sobre la mesa…

– ¡Oh, Dios mío!

Pero ella rió mientras agarraba un puñado de toallas de papel y las llevaba a la mesa.

– Había un chiste sobre un colchón con bultos. Sólo estaba intentando hacer una broma, pero me temo que te he puesto nervioso.

– No estoy nervioso -aseguró él, pensando en lo poco que ella lo conocía.

Toda la familia afirmaría sin vacilar que tenía nervios de acero. Cuanto mayor era el problema, más tranquilo se ponía él. Los problemas eran su estimulante. Pero cuando su mujer descubrió un poco de zumo sobre su camisa y comenzó a darle golpecitos en el pecho, Mac se puso al borde de un infarto.



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