De repente, escuchó las primeras notas de la marcha nupcial y notó cómo le subía la adrenalina. No podía soportar la presión; era imposible.

– Vamos -ordenó Kate, tomándola de un brazo-. Sólo tienes que estar tranquila y sonreír. No te preocupes por nada. Todo va a salir bien.

Nada iba a salir bien y a Kate le pareció que no pasaba el tiempo mientras caminaba hacia el pasillo. Pudo ver a Sterling, el marido de Kate, al lado de las dos puertas de madera. También a Renee Riley, su dama de honor, que le guiñó un ojo. Mientras, Kate seguía agarrando su brazo con fuerza.

Kelly miró, por encima de su hombro, hacia la salida. Desde allí no podía verla, pero sí las ventanas del vestíbulo. Divisó los adornos de Navidad y la nieve, cayendo con fuerza. Eso era lo normal en Minesota en vísperas de Año Nuevo. El viento soplaba con furia. La tormenta de nieve había sido constante desde media mañana, como si el tiempo hubiera querido reflejar el estado de confusión de su mente.

Aunque no era exacto decir que su mente estaba confusa. Había decidido no casarse.

Sólo que en esos momentos, Kate la había acercado hasta donde estaban esperando todos los invitados. El lugar no era reconocible como sala de reuniones. De un vistazo, Kelly vio la alfombra roja, las cintas de satén que adornaban las sillas y el estrado totalmente transformado con floreros de gardenias y rosas rojas. También vio a todos los invitados levantarse, en señal de respeto por la novia y pensó que todo iba a cambiar cuando saliera corriendo.

El sacerdote esbozó una sonrisa desde el estrado. Kelly pensó que la sonrisa iba a desaparecer tan pronto como se agarrara la falda y desapareciera a toda velocidad.



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