
Parecía que había mucha gente porque todas las sillas estaban ocupadas, pero aún así, no pasaban de la treintena. Kelly vio a todos. Todos eran miembros de la familia Fortune, no había nadie de su propia familia. De hecho ella ya no tenía familia propia, aunque todos sabían que los Fortune la habían acogido como si fuera del clan. El hecho de que la familia prácticamente al completo asistiera a la boda era una prueba más de ese apoyo.
Pero para ella era una situación claustrofóbica que iba empeorando segundo a segundo. Era indudable que todos esperaban asistir a una boda normal, tranquila y alegre, en vez de ver a la novia salir corriendo como una posesa y sumergirse en una tormenta de nieve con zapatos de tacón y sin abrigo.
Kate la apretó un poco más para que continuara avanzando, aunque la mujer ya no tenía mucha fuerza. Kelly sabía que cuando quisiera podría liberarse. Sería sólo cuestión de saber elegir el momento. Esa boda no sólo era un error, sino que era un error enorme. Puede que tuviera que salir del país bajo un nombre falso, pero no había otro remedio.
Entonces ocurrió algo extraño.
Y no era tanto que el sacerdote o la mano de Kate o el resto de las personas allí reunidas desaparecieran, como que su mirada reparó de repente en el novio.
Mackenzie Fortune.
Mac.
Sus hombros parecían increíblemente anchos con aquel frac negro, su altura impresionante, su pelo más oscuro que el carbón, con tonos grisáceos en las sienes. El negro le sentaba bien, como le sentaría a un pirata. Su rostro era anguloso, su boca elegante y tenía una mandíbula cuadrada surrealista.
Nadie se enfadaba con Mac. Era un hombre de negocios al que nunca oyó levantar la voz, tampoco enfadarse, pero tenía la facultad de hacer que todos se callaran cuando él entraba en una habitación. Sus ojos verdes intensos podían ser más cortantes que cualquier espada. Las arrugas que rodeaban sus ojos y su boca reflejaban una naturaleza que no se comprometía con nada, hablaban de un hombre que amaba el riesgo y que nunca se retiraba de un peligro.
