– Lo siento, llego tarde -le susurró al oído.

– Pero no pensé que tú realmente…

– Te dije que vendría.

– Ya, pero como tuviste que ir a Nueva York a resolver ese asunto que parecía tan importante…

– Sí, pero ese asunto puede esperar. Por cierto, ¿qué tal va nuestro bebé?

– Nuestro bebé está bien, pero no sé si puedo decir lo mismo de su madre. No consigo enterarme de cómo se maneja el sistema de seguridad de la casa. Martha y Benz me lo han explicado repetidamente, pero yo ya he hecho saltar la alarma un par de veces…

– No te preocupes. Luego te acompañaré a casa y me aseguraré de que lo entiendes.

Kelly pensó que ella no podría entender nada si él seguía mirándola de esa forma, como si se preocupara realmente de ella, como si ella significara algo para él…

De pronto, la estridente voz de la señora Riley interrumpió sus pensamientos.

– ¿Señorita Sinclair? No me gustaría que se perdiera la clase de hoy…

– Ya no es la señorita Sinclair -dijo Mac, antes de que ella pudiera contestar-. Ahora es la señora Fortune.

– ¿La señora Fortune? -repitió la señora Riley. Y por el gesto que hizo, debió de reconocer el apellido-. Entonces usted es…

– Su marido. Y le pido disculpas por interrumpir la clase.

La señora Riley asintió y comenzó a repartir unos muñecos de tamaño natural para que pudieran practicar con ellos. Les enseñó cómo agarrar a los bebés, cómo sacarles el aire y cómo cambiarles los pañales.

Mac le puso el pañal al muñeco con aparente facilidad, pero cuando lo levantó, el pañal cayó al suelo, con lo que Kelly se echó a reír. El se concentró y repitió la operación como si se tratara de un asunto de negocios. Cuatro intentos después sonrió satisfecho al ver que lo había conseguido. Pero cuando miraron a su alrededor pudieron ver que ya todo el mundo había acabado las prácticas.



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