
Algo menos de veinte minutos después, estaban sentados frente a un enorme plato de lasaña. Estaban solos en el pequeño restaurante especializado en comida casera. Cenaron tranquilamente mientras oían cantar al cocinero.
Cuando llegó el postre de Kelly, Mac se quedó asombrado mirándolo. Se trataba de un pastel de merengue y limón con pepinillos.
– Me parece que vas a tener pesadillas esta noche.
– Al niño le encantan los pepinillos -replicó ella.
– ¿Y le da igual que te los comas acompañados de un pastel de merengue y limón?
– Bueno, yo preferiría comerlos con un buen helado, pero es que no tenían. ¿Seguro que no quieres probarlo?
– Quizá después, por ahora prefiero disfrutar viendo lo bien que estás comiendo. Creo que ese postre es uno de esos típicos antojos de las embarazadas.
– Yo creía que lo de los antojos era un cuento, pero desde que me apetecieron pepinillos una noche a las dos de la mañana, sé que es cierto. Ya sé que suena a tópico, pero es que yo odiaba los pepinillos antes de estar embarazada.
– Pues nadie lo diría…
– La verdad es que me tomo muy en serio la alimentación. Como mi madre decía, si a una mujer embarazada se le antoja algún alimento, seguramente es porque el niño lo necesita.
– Creo que estás tratando de justificar el haberte hecho adicta a los pepinillos.
– Podría ser peor -replicó ella, con una sonrisa-. A una de las mujeres de la clase le ha dado por los caracoles.
– ¡Oh, Dios! Esperemos que no te dé a ti por nada parecido.
No tardaron en marcharse una vez acabaron de comer. Mientras volvían al coche, él iba riéndose y ella estaba encantada. Nunca le había oído reírse de ese modo. El parecía estar siempre tan preocupado con sus responsabilidades que no se permitía bromear. Así que ella estaba orgullosa de haber conseguido que se relajara.
Ya en el coche, él se puso serio. Pero ya no existía la tirantez de antes en su relación.
