Ella llevaba tanta ropa que él no pudo tocarla más íntimamente, pero sus pechos se habían endurecido y sentía un enorme calor en lo más íntimo de ella. Lo agarró más fuerte del cuello, deseando que él nunca parase de besarla. Deseando que ese momento nunca terminara.

De pronto, el niño dio una fuerte patada. Tan fuerte que ella despertó de ese mágico ensueño y sonrió. El también se dio cuenta de que el niño se había movido.

– ¿Qué ha sido eso, ha sido el niño?

– Sí -asintió ella, mientras seguía sonriendo.

Mac sonrió a su vez, pero sólo por un instante. Pronto se le heló el gesto.

– ¿Qué diablos estamos haciendo, Kelly?

– ¿Besuquearnos en el porche como un par de adolescentes?

– Como un par de inconscientes, querrás decir. Con este frío y en tu estado… Y no sólo eso, la verdad es que no sé en que estaba pensando, Kel.

– No te preocupes, Mac. No tienes que disculparte -dijo ella con tono amable.

– Eso no es tan fácil.

– Mira, ninguno de los dos sabía lo que estaba haciendo. Eso es todo. Fue un simple impulso. Los dos nos sentimos necesitados de cariño por un momento. ¿Te parece eso un crimen?

– Por supuesto que no, pero…

– Además, fui yo la que empezó. Aunque no quise hacerte sentir incómodo. Pero es que yo crecí rodeada de cariño. Mi madre siempre decía que no debería de pasar un solo día sin que alguien te abrazase y yo aprendí a saber sacar el afecto que todos llevamos dentro. Pero ya me doy cuenta de que tú no eres así. De modo que prometo tener más cuidado en el futuro. Intentaré no tocarte, si eso te incómoda…

– Eso no me incómoda, Kelly -aseguró él con voz dulce-. Nada de lo que tú hagas podría incomodarme.

El iba a decir algo más, pero ella lo interrumpió.



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