Kelly llegaba casi a la alfombra roja cuando Mac la vio tambalearse. No llegó a tropezar, pero él notó el nerviosismo en sus ojos. Sin vacilar, se acercó a ella y la tomó de la mano. El sacerdote frunció el ceño ligeramente, censurándolo por romper el protocolo. Al parecer, el novio no podía agarrar a la novia en aquel momento de la ceremonia.

Mac pensó que Kelly parecía muy frágil. Sus mejillas tenían un color intenso y, a juzgar por el sudor de sus manos, parecía estar tan nerviosa como él. En ese instante, le ayudó pensar que por lo menos tenían algo en común. El tampoco quiso nunca ese matrimonio.

Pero tampoco veía la manera de escapar de él.

– Queridos hermanos… -comenzó el sacerdote, con un tono de voz monótono.

Mac se dio la vuelta y, sujetando la mano de la novia, calculó mentalmente cuánto tiempo les quedaba para poder escapar de aquel teatro. ¿Era cierto que la ceremonia duraría sólo quince minutos? Luego todos tomarían una copa de champán. Como el tiempo no era muy agradable, en menos de dos horas, si tenían suerte, estarían de camino a casa… mucho antes de que el reloj diera la media noche y trajera el Año Nuevo.

Sintió miradas en su espalda, observándolo, estudiándolo. En cualquier boda el novio y la novia eran, evidentemente, el centro de atención, pero Mac se daba cuenta perfectamente de que las circunstancias eran especiales. Como vicepresidente de finanzas de Fortune Corporation desde hacía casi diez años, su trabajo había consistido en eliminar todo problema en la empresa o en la familia. El clan estaba unido y se quería, pero cuando había riqueza de por medio, los problemas eran mayores y también los desacuerdos. Cuando nadie sabía qué hacer y se retorcía las manos, Mac se ocupaba de todo y lo arreglaba.



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