Jarod no sabía que se iba. Cuando se lo dijo, se levantó de su butaca y se acercó a ella, quedándose de pie junto a la puerta cerrada. Ella se alegró de la angustia que vio en los ojos de Jarod; por primera vez, se quitaba la máscara, permitiéndole ver sus emociones. Vio gran pesar en las profundidades de los ojos de Jarod.

Ella quería que sufriera. Era egoísta por su parte, pero no podía evitarlo.

– ¿En serio te vas? -había susurrado Jarod con voz espesa y grave.

– Ahora mismo, en cuanto salga de este despacho. Tengo el equipaje en el coche.

– Sydney…

La forma en que pronunció su nombre le llegó al alma.

– No puedo quedarme -dijo ella con voz temblorosa-. Tú no puedes venir conmigo, ¿verdad?

Se sostuvieron la mirada durante una eternidad. De improviso, Jarod la estrechó en sus brazos y la besó en la boca. Le dio a probar el sabor de las cosas que nunca compartirían.

Por fin, Sydney arrancó sus labios de los de Jarod y se escapó de sus brazos, de su despacho, de la pequeña ciudad que jamás volvería a ver. Desde entonces, no había dejado de escapar.

A excepción del sábado pasado, cuando lo único que había querido era volverlo a ver sin que él lo supiera.

¿Cómo se había enterado de dónde vivía? Buscarla en Yellowstone había sido una inconsciencia por parte de Jarod. Cuando volviera a Cannon, ¿confesaría lo que había hecho?

«¡Maldito seas, padre Kendall!»

Temblando a causa de todo lo que sentía y no podía controlar, empezó a desnudarse para darse una ducha. Cuando el teléfono móvil sonó, se sobresaltó.

Sydney sacó el teléfono del bolso y pulsó una tecla.

– ¿Diga? -respondió Sydney con voz tensa.

– Hola, Sydney -dijo Cindy Lewis en tono incierto.

No era el padre Kendall.

– Hola, Cindy.

– Tienes la voz un poco rara. ¿Te pasa algo?



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