Sydney respiró profundamente.

– No, no me pasa nada. Estaba a punto de acostarme.

– ¿Qué tal la boda?

– Estupenda. Jamal Carter me pidió que te saludara de su parte.

– ¿En serio? -inquirió Cindy con entusiasmo.

– Sí. Su madre y su hermana fueron con él desde Indianápolis a la boda. Son tan simpáticas como Jamal. Me he enterado de que Alex y Gilly lo han invitado a quedarse en su casa y a trabajar en el parque el verano que viene.

– ¿De verdad?

– De verdad. Tengo fotos de Jamal con esmoquin. Haré una copia para ti. Está más guapo aún con esmoquin que con uniforme.

– Jamad está muy bien.

– Sí, cierto -Sydney se pasó la mano por la frente-. Cindy, lo siento, pero estoy cansada. Te llamaré la semana que viene y charlaremos largo y tendido, ¿de acuerdo?

– Sí, por supuesto. Pero antes de que cuelgues, quería decirte que un hombre vino al parque el sábado y preguntó por ti.

– ¿Quién? -Sydney se hizo la tonta.

– Salió del centro sin darme su nombre, pero me dijo que te conocía de cuando trabajabas de profesora en Cannon.

– ¿En serio?

– Sí. Y además donó mil dólares para el nuevo centro.

A Sydney casi se le cayó el teléfono. ¿De dónde sacaba un cura tanto dinero? ¿Y por qué había hecho esa donación?

– Qué generoso. ¿Estaba allí con su familia?

– No lo sé. Entró solo al centro. Era más guapo que un actor de cine.

Sydney había pensado lo mismo la primera vez que había visto a Jarod. Tenía el aspecto de un hombre del Mediterráneo, con ojos verdes como los de un gato.

Aparte de que era sacerdote y que su nombre de pila era Jarod, Sydney no conocía ningún otro dato personal del padre Kendall. No sabía nada de su familia, de dónde era ni si sus padres aún vivían.

– ¿Preguntó por mí específicamente?

– No estoy segura. Me dijo que conocía a una mujer que trabajaba de guardabosque en el parque. Yo le pregunté cómo se llamaba y él me dijo que Sydney Taylor. Le dije que había trabajado contigo todo el verano y que habías ido a California a una boda. El me preguntó por tu cabaña para dejarte una nota.



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