Así que eso era lo que había ocurrido…

– ¿Viste la nota?

– Me temo que no -contestó Sydney.

Al momento, le contó a Cindy lo de su traslado a Gardiner y su nuevo trabajo de profesora.

La joven Cindy pareció muy desilusionada por la noticia, pero Sydney le prometió mantenerse en contacto. Después, la conversación volvió al padre Kendall.

– ¿Podría ser ese hombre un antiguo novio tuyo?

– No -respondió inmediatamente Sydney-. Lo más probable es que sea el padre de algún antiguo alumno mío, pero no consigo adivinar quién. En fin, no importa. Te llamaré pronto, ¿de acuerdo?

– Sí, claro. Adiós.

Cuando Sydney colgó, aún temblaba. El padre Kendall se había tomado muchas molestias intentando encontrarla. ¿Por qué?

Sintiéndose acorralada y desesperada, Sydney se preparó para acostarse y luego se dejó caer encima de la cama, sollozando.


A la mañana siguiente, tras una noche inquieta, Sydney se levantó, se dio una ducha y se vistió con unos vaqueros y una blusa. Después de pintarse los labios, agarró el bolso y abrió la puerta del piso para salir. Al instante, casi se chocó con el sólido cuerpo de un hombre, que la sujetó agarrándola de los brazos.

Sydney alzó el rostro y se encontró frente al padre Kendall, que la miraba fijamente.

Casi sin respiración, Sydney se soltó de él. Aquella mañana iba vestido con un polo de color granate y unos vaqueros gastados.

No había en el mundo un hombre tan guapo y con un cuerpo tan perfecto como él.

En ese momento, Sydney decidió que, en vez de seguir tratando de evitarlo, lo mejor sería averiguar lo que ese hombre quería. De lo contrario, su propia confusión interior acabaría destrozándola.



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