Jarod sonrió levemente.

– A veces, te he visto observarme con cara de preocupación. Sin duda, lo que has presenciado es la lucha interna que he mantenido conmigo mismo en un intento de olvidarla. Hace unos meses, pregunté por ahí y me enteré de que aún está soltera.

Jarod miró a Ricky fijamente.

– Antes de que intentes convencerme de que no deje el sacerdocio, permíteme que te diga que llevo quince meses examinándome a mí mismo con el fin de tomar la decisión adecuada. Quince meses pensando en lo que iba a perder. Quince meses para darme cuenta de que este paso es un paso irreversible.

»No tienes idea de cómo os envidio a Kay y a ti. En mi opinión, gozar de la dicha del matrimonio y servir a la Iglesia simultáneamente tiene que ser la felicidad suprema.

Jarod notó una leve sacudida en los hombros de su amigo.

– No sé por qué no he logrado olvidarla. No hemos vuelto a ponernos en contacto en todo este tiempo. Sin embargo… la deseo con locura -susurró con vehemencia.

Rick echó la cabeza ligeramente hacia atrás.

– Entonces… ¿ella no sabe lo que usted ha hecho?

– No. Pero estoy convencido de que no se ha casado porque ella tampoco ha logrado olvidarme. Y como comprenderás, no puedo presentarme delante de ella como sacerdote. Cuando lo haga, será como un hombre libre. Tiene que verme como a un hombre normal y corriente con el fin de olvidarse, subconscientemente, del padre Kendall.

– Lo comprendo -dijo Rick por fin-. Cuando presenten la solicitud al Vaticano de su laicización, ¿se la concederán?

– Es probable que no. Abandonar el sacerdocio sin dispensa es algo que voy a tener que aprender a aceptar, aunque me va a costar. Pero como ya he descubierto, vivir sin Sydney sería como medio vivir, y eso no es justo para la parroquia. No es la vida que quiero llevar.



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