
– Lo comprendo, Jarod. Yo también quería ser sacerdote… hasta que conocí a Kay.
– Gracias por tu sinceridad, Rick. Aunque hay muchos que no van a mostrarse tan comprensivos. Muchos acostumbrados a depender de mí se sentirán abandonados. La Iglesia también ha gastado dinero en mi educación. ¿Y qué repercusiones va a tener en sacerdotes de otras diócesis cuando se enteren de que el padre Kendall ha dejado el sacerdocio?
– ¡Pero no la Iglesia! -dijo Rick alzando algo la voz:
– No, eso nunca.
Rick lanzó un suspiro.
– ¿Está seguro de que ella le corresponde?
– Eso creo.
– ¿Y si los sentimientos de ella hacia usted han cambiado?
– Es un riesgo que debo correr.
– ¿Ha considerado la posibilidad de que lo rechace?
– Es una posibilidad. Pero al margen de las circunstancias, si quiero que me escuche, tengo que presentarme delante de ella como una persona normal y corriente.
– Pero si no lo escucha, habrá abandonado todo lo que ha logrado hasta ahora por nada.
– Así es.
Rick se puso en pie y miró duramente a Jarod.
– ¿Se ha acostado con ella?
– No. Nos abrazamos un momento, cuando ella me dijo que se marchaba, pero no hicimos nada más, aparte de desearnos.
Una expresión de preocupación cruzó el rostro de Rick.
– En ese caso…
– Eso da igual, Rick. Lo importante es lo que sentíamos, algo que no puedo expresar con palabras. Han transcurrido quince meses. Voy a cumplir treinta y ocho años. Cada minuto que pasa es tiempo que estamos separados y no podremos recuperar.
– No podrá casarse por la Iglesia.
– Lo sé.
– ¿Es practicante?
– No, Sydney no es católica.
– ¿Qué?
– Fue bautizada, en la Iglesia Luterana, pero hace años que no ha ido a una iglesia.
– Perdóneme lo que voy a decir, Padre, pero en su caso quizá sea una ventaja.
