
Un extraño sonido escapó de la garganta de Jarod.
– Rick, ya no soy sacerdote.
– Para mí sí lo es.
– Aparte del obispo de la diócesis, has sido mi mejor amigo; por tanto, voy a recordarte que no existe una solución mágica a este problema.
– Kay lo va a pasar mal. Le considera el sacerdote perfecto.
Jarod frunció el ceño.
– Ése es el problema con la perfección, que no existe.
– Kay rezará por que le vaya bien, Jarod.
– Lo sé. Y para hacérselo más fácil, me marcharé temprano por la mañana, antes de que se levante. Será más fácil para todos. El padre Lane estará al frente de la parroquia de momento, le dirá a todo el mundo que me he ido de retiro. Cuando elijan al nuevo párroco, supongo que las aguas habrán vuelto a su cauce normal.
– ¿Cómo va a ganarse la vida?
– En principio, lo he arreglado todo para trabajar como psicólogo en Gardiner, Montana. Es una ciudad a ocho kilómetros del parque Yellowstone. De ese modo, cuando Sydney y yo estemos casados, ella podrá continuar trabajando como guardabosque del parque; es decir, si quiere.
– ¿Es guardabosque?
– Sí.
– ¿Sabe que va a ir? ¿Lo está esperando?
– No -las manos de Jarod se cerraron en puños-. Tengo que sorprenderla. Lo que me diga no importa, leeré la verdad en sus ojos.
– Puede que se desmaye al verlo. ¿Ha pensado en esa posibilidad?
– No creo que sea la clase de mujer que se desmaya.
– Pues a mí no me extrañaría que lo hiciera después de haberlo conocido como el padre Kendall. Nunca he conocido a un hombre con más valor que usted.
– ¿Con valor? -repitió Jarod incrédulo.
– Sí. Tiene el valor de conocerse a sí mismo lo suficiente como para enfrentarse al mundo con la convicción de que está haciendo lo que debe hacer.
Jarod sacudió la cabeza.
– Eres único, Rick. De todos modos, estar convencido de que lo que estoy haciendo es lo que debo no significa que no sienta una profunda tristeza por dejar la vida que me ha hecho feliz durante los últimos años.
