
– Resiste, Consuelo. No te vayas a morir aquí.
No sé cómo, conseguí ponerla de pie. Medio llevándola, medio guiándola, hicimos tambaleantes los noventa metros más o menos que había hasta el coche. Me aterraba que pudiese desmayarse. Una vez en el coche creo que perdió la consciencia, pero yo concentré todas mis energías en seguir las apresuradas instrucciones de la mujer. Volvimos a la carretera por la que habíamos venido, segundo giro a la izquierda, luego a la derecha. El hospital, surgiendo en medio del campo como una estrella de mar gigante, se encontraba ante mí. Dejé el coche contra una barandilla, junto a la entrada de urgencias. Barbilla colgante había cumplido con su tarea. Mientras abría mi puerta, manos expertas sacaron a Consuelo del coche con facilidad y la colocaron en una camilla con ruedas.
– Tiene diabetes -le dije a un ayudante-. Acaba de cumplir la semana veintiocho. Es todo lo que puedo decirles. Su médico de Chicago ha enviado a alguien que conoce su caso.
Las puertas de acero se abrieron silbando sobre unos carriles neumáticos; los ayudantes metieron la camilla a toda velocidad. Yo les seguí lentamente, viendo cómo el largo pasillo se los tragaba. Si Consuelo podía aguantar con los tubos y los aparatos hasta que Malcolm llegara, todo iría bien.
No dejé de repetírmelo a mí misma mientras caminaba en la dirección por la que se había ido la camilla de Consuelo. Llegué a un puesto de enfermeras que estaba a una milla más o menos del vestíbulo. Dos jóvenes blancas con cofias almidonadas se enzarzaban en una conversación en voz baja. A juzgar por una risita sofocada, pensé que no debía tener nada que ver con tratamientos a los pacientes.
– Perdonen. Soy V. I. Warshawski. He venido acompañando a una persona en urgencia obstétrica hace unos minutos. ¿A quién le puedo preguntar por ella?
Una de las mujeres dijo que iba a comprobar el «número 108». La otra se palpó la cofia para asegurarse de que su identidad estaba intacta y se colocó la sonrisa médica. Vacía y condescendiente.
