– Ahora mamá me dejará irme a vivir contigo -gritó con entusiasmo, enlazando cariñosa su brazo con el de Fabiano.

Echando un vistazo por el espejo retrovisor, no vi signos de alegría en la cara de él. Fabiano estaba hosco.

– Un mocoso -decía la señora Alvarado, furiosa con Consuelo, la niña mimada de la familia. Que pudiese querer a semejante tipo, que hubiese tenido que quedar embarazada de él… Y que quisiese tener el niño… Consuelo, siempre estrictamente vigilada (pero nadie podía secuestrarla y llevarla a casa desde la escuela cada día), estaba ahora virtualmente bajo arresto domiciliario.

Cuando Consuelo dejó claro que iba a tener el niño, la señora Alvarado insistió en que se celebrase una boda (de blanco, en el Santo Sepulcro). Pero una vez a salvo el honor se quedó con su hija en casa, mientras que Fabiano seguía con su madre. La situación hubiese sido ridícula si no fuera porque la tragedia se cernía sobre la vida de Consuelo. Y para ser justa con la señora Alvarado, eso es lo que ella quería evitarle. No deseaba que Consuelo se convirtiese en la esclava de un bebé y de un hombre que ni siquiera intentaba encontrar trabajo.

Consuelo acababa de terminar la escuela superior con un año de antelación -por su brillantez-, pero no tenía experiencia. En cualquier caso, la señora Alvarado insistió en que fuese a la universidad. Fue la que pronunció el discurso de despedida de su clase, la mejor de la casa, la ganadora de numerosas becas; y no iba a tirar por la borda todas aquellas oportunidades para llevar una vida de trabajo doméstico agotador. La señora Alvarado sabía lo que era una vida semejante. Había educado a seis hijos trabajando como encargada de la cafetería de uno de los mayores bancos del centro. Estaba decidida a que su hija se convirtiese en médico, o abogado o ejecutivo, y a que llevase a los Alvarado a la fama y a la fortuna. Aquel maleante, aquel gamberro



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