Levantó la vista, agobiada y brusca, cuando la llamé. Le expliqué la situación lo mejor que pude.

– Necesito llamar a Chicago para hablar con su médico. Para saber a dónde la llevo.

La luz se reflejaba en las gafas de la mujer. No le podía ver los ojos.

– ¿Una chica embarazada? ¿En el lago? ¡Debe estar usted equivocada!

Tenía el acento nasal del sur de Chicago: Marquette Park trasladado a las afueras.

Respiré profundamente y lo volví a intentar.

– He traído aquí a su marido. Está hablando con el señor Héctor Muñoz. Acerca de un trabajo. Ella vino con nosotros. Tiene dieciséis años. Está embarazada, de parto. Tengo que llamar a su médico, tengo que encontrar un hospital.

La barbilla colgante tembló un poco.

– No estoy segura de entender lo que me está diciendo. Pero si quiere usted hablar por teléfono, bonita, venga por aquí.

Apretó un botón junto a su escritorio, que levantó la verja que había ante la puerta, señaló un teléfono y volvió a sus montones de papeles.

Carol Alvarado contestó con la calma anormal que las crisis provocan en algunas personas. Lotty estaba operando en Beth Israel; Carol podía llamar al departamento de obstetricia de allí y averiguar a qué hospital debería llevar a su hermana. Sabía dónde estaba yo; había ido varias veces a visitar a Héctor. Me dijo que esperase.

Me quedé allí, con el teléfono húmedo en la mano, las axilas empapadas, las piernas temblando, luchando contra el impulso de gritar de impaciencia. Mi compañera de la barbilla colgante me miraba de reojo mientras revolvía sus papeles. Yo respiraba con el diafragma para tranquilizarme y me concentraba en cantar mentalmente Un bel dì. Cuando Carol volvió al teléfono, yo respiraba más o menos con normalidad y podía concentrarme en lo que me estaba diciendo.



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