– ¿Y la alta producción de enzima del crecimiento durante el sueño de ondas lentas?


Susan lo miró con admiración.


– Prosigue sin el sueño. Los ajustes genéticos la ligan a otros cambios en la glándula pineal.


– ¿Y que pasa con…?


– ¿… los efectos colaterales? -dijo la señora Camden.


Había olvidado que estaba allí.


La joven la miraba, con las comisuras de la boca apretadas.


– Me alegra que lo preguntara, señora Camden. Porque existen efectos colaterales. -Susan hizo una pausa, disfrutándolo-.


Comparados con los niños de la misma edad, los insomnes -sin manipulación genética de su cociente intelectual- son más inteligentes, mejores para resolver problemas, y más alegres.


Camden tomó un cigarrillo.


Este hábito arcaico, sucio, sorprendió a Susan. Luego vio que era deliberado: Roger Camden llamando la atención con un despliegue ostentoso, para apartarla de lo que sentía. Su encendedor era de oro, monogramado, inocentemente llamativo.


– Permítanme explicarlo -dijo Susan-. El sueño REM bombardea la corteza cerebral con disparos neuronales azarosos desde el tálamo cerebral; los sueños se producen porque la pobre y asediada corteza trata de encontrarles sentido a las imágenes y los recuerdos activados. Se desperdicia mucha energía en eso.


Sin ese desperdicio, los cerebros insomnes se evitan el desgaste y coordinan mejor los datos de la vida real. De ahí: más inteligencia y capacidad para resolver problemas.


Además, los médicos hace sesenta años que saben que los antidepresivos, que mejoran el ánimo de pacientes deprimidos, también suprimen totalmente el sueño REM. Lo que probaron en los últimos diez años es que la inversa también es válida: si se suprime el sueño REM la gente no se deprime. Los niños insomnes son agradables, amistosos… alegres. No hay otra palabra para describirlo.



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