
– ¿A qué costo? -preguntó la señora Camden. Su nuca estaba rígida y contraía la mandíbula.
– Sin costo. No hay efectos colaterales.
– Por ahora -replicó la señora Camden.
– Por ahora -aceptó Susan encogiéndose de hombros.
– ¡Sólo tienen cuatro años, a lo sumo!
Ong y Krenshaw la estudiaban detenidamente. Susan notó que la señora Camden se dio cuenta; se hundió en el asiento, arropándose en su abrigo de pieles, con el rostro inexpresivo.
Camden no miró a su esposa.
Arrojó una nube de humo de su cigarrillo y dijo:
– Todo tiene su costo, doctora Melling.
Le gustó la forma en que decía su nombre.
– Habitualmente, sí. Especialmente en modificación genética. Pero honestamente no pudimos encontrar ninguno aquí, aunque lo buscamos. -Sonrió directamente a Camden, mirándolo a los ojos-. ¿Es demasiado bueno para creerlo, que alguna vez el universo nos dé algo todo positivo, todo progreso, todo beneficio, sin penalidades ocultas?
– No es el universo. Es la inteligencia de gente como usted -dijo Camden, sorprendiéndola más que todo lo que sucediera antes. Sus ojos le sostenían la mirada. Se le encogió el pecho.
– Creo -dijo secamente el doctor Ong-, que la filosofía del universo está más allá de lo que nos ocupa ahora. Señor Camden, si no tiene más preguntas médicas, tal vez podamos volver a los puntos legales que plantearon los doctores Sullivan y Jaworski. Gracias, doctora Melling.
Susan asintió con la cabeza.
No volvió a mirar a Camden. Pero supo lo que decía, cómo se veía, que estaba allí.
La casa era aproximadamente lo que esperaba, una enorme imitación Tudor sobre el Lago Michigan al norte de Chicago. Espeso bosque entre el acceso y la casa, terreno abierto entre la casa y el agua. Parches de nieve cubrían el dormido césped. Aunque hacía cuatro meses que Biotech trabajaba con los Camden, esa era la primera vez que Susan los visitaba.
