
Mientras avanzaba hacia la casa, detrás entró otro auto.
No, un camión, que siguió por la curva del camino de acceso hacia una entrada de servicio al costado de la casa. Un hombre llamó a la puerta de servicio, mientras otro comenzaba a descargar un corralito envuelto en plástico. Blanco, con conejitos rosados y amarillos. Susan cerró un momento los ojos.
Camden abrió él mismo la puerta. Se le notaba el esfuerzo por no parecer preocupado:
– ¡No necesitaba venir, Susan, yo hubiera ido a la ciudad!
– No es lo que yo quería, Roger. ¿Está la señora Camden?
– En la sala.
Camden la guió hasta una amplia habitación con chimenea de piedra. Muebles rústicos ingleses, grabados de perros y barcos, todos colgados cincuenta centímetros demasiado altos; debía de haber decorado Elizabeth Camden. No se levantó de su sillón de orejas al entrar Susan.
– Si me disculpan, seré rápida y concisa -dijo Susan-, porque no quiero que esto sea para ustedes más difícil de lo necesario. Tenemos los resultados de todas las pruebas de amniocentesis, ultrasonido y Langston. El feto está bien, desarrollándose como corresponde para dos semanas, sin problemas de implantación en la pared uterina. Pero surgió una complicación.
– ¿Cuál? -dijo Camden. Sacó un cigarrillo, miró a su mujer y lo guardó sin encender.
Susan dijo serenamente:
– Señora Camden, por casualidad, sus dos ovarios produjeron óvulos el mes pasado. Sacamos uno para la cirugía genética.
Por una casualidad aún mayor el segundo quedó fertilizado y se implantó. Lleva dos fetos.
Elizabeth Camden se quedó dura:
– ¿Mellizos?
– No -dijo Susan. Luego se dio cuenta de lo que había dicho-. Quiero decir sí. Son mellizos pero no idénticos. Sólo uno ha sido alterado genéticamente. El otro no se le parecerá más que dos hermanos cualesquiera. Es lo que se llama un bebé normal. Y tengo entendido que no deseaban lo que se llama un bebé normal.
