
Ambos deben discutirse con el Directorio del Instituto.
– Sin duda, sin duda. ¿Cuándo puedo hablar con ellos?
– ¿Usted?
Camden lo miró desde su asiento. Ong pensó que pocos hombres podían lucir tan confiados a medio metro por debajo del nivel de los ojos.
– Por supuesto. Me gustaría presentar mi oferta a quienquiera que tenga real autoridad para aceptarla. Sólo una sana negociación.
– No es sólo una cuestión comercial, señor Camden.
– No es tampoco sólo investigación pura -replicó Camden-.
Son una corporación comercial. Y tienen exenciones impositivas que se otorgan solamente a firmas que cumplen ciertas normas de juego limpio.
Por un momento a Ong no se le ocurrió qué quería decir.
– Normas de juego limpio…
– … pensadas para proteger a las minorías cuando actúan como proveedores. Sé que nunca se aplicaron en el caso de clientes, excepto para limitaciones en instalaciones de energía-Y.
Pero se puede hacer la prueba, doctor Ong. Las minorías tienen derecho a que se les ofrezca el mismo producto que a los que no son minoría. Sé que al Instituto no le caería bien un juicio, Doctor. Ninguna de sus veinte familias de la prueba genética beta es negra o judía.
– ¡Un juicio!… ¡pero usted no es negro ni judío!
– Pertenezco a otra minoría.
Polaco-americano. Mi apellido era Kaminsky. -Camden al fin se puso de pie y sonrió cálidamente-. Vea, es descabellado. Usted lo sabe, yo lo sé, y ambos sabemos que de todos modos los periodistas igualmente lo disfrutarían. Y usted sabe que yo no quiero entablar una demanda descabellada, solamente como amenaza de una publicidad prematura y adversa para lograr lo que quiero. Sólo quiero para mi hija ese maravilloso adelanto que han conseguido.
Su rostro cambió, adoptando una expresión que Ong no hubiera creído posible en esas facciones: ansiedad.
