
– Doctor,… ¿sabe usted cuánto más habría logrado si no hubiera tenido que dormir en toda mi vida?
Elizabeth Camden dijo ásperamente:
– Apenas duermes ahora.
Camden bajó la vista, como si hubiera olvidado que ella estaba allí.
– Bueno, no querida, ahora no. Pero cuando era joven… la escuela, podría haber terminado los estudios aún manteniendo… Bueno, nada que ahora importe.
Lo que sí importa, Doctor, es que usted, yo y su Directorio lleguemos a un acuerdo.
– Señor Camden, por favor retírese ya mismo.
– ¿Quiere decir antes de que usted pierda los estribos por mi presunción? No sería el primero.
Espero que arregle una reunión para finales de la semana próxima, cuándo y dónde usted diga, por supuesto. Basta con que informe a mi secretaria, Diane Clavers, los detalles. Cuando a ustedes les quede cómodo.
Ong no los acompañó a la puerta. Le palpitaban las sienes.
Elizabeth Camden se volvió desde la puerta:
– ¿Qué pasó con el vigésimo?
– ¿Qué?
– El vigésimo bebé. Mi esposo dijo que diecinueve son sanos y normales. ¿Qué sucedió con el vigésimo?
Las palpitaciones aumentaron.
Ong sabía que no debía contestar; que probablemente Camden ya sabía la respuesta, aunque no la supiera su mujer; que él, Ong, de todos modos iba a contestar; que luego se arrepentiría, amargamente, de su falta de autocontrol.
– El vigésimo bebé murió. Sus padres resultaron ser inestables. Se separaron durante el embarazo, y la madre no pudo soportar las veinticuatro horas de llanto de un bebé que nunca duerme.
Elizabeth Camden lo miró con ojos desorbitados:
– ¿Lo mató?
– Accidentalmente -dijo brevemente Camden-. Sacudió al chiquito demasiado fuerte.
