
Después venían Manuelíña de Carlos, con su pelo rubio y su boca pequeña, calientes los labios como la leche cuando acaban de ordeñar, que ayudaba en la cocina y en el trato de casa, y Casilda, que fuera moza del ciego de Outes, y cuidaba el ganado y la huerta. Y finalmente contaba yo, que estaba bajo al mando del señor Merlín.
La casa estaba en lo alto de Miranda, y era grande y bien tejada a cuatro aguas, con un balcón sobre el camino de Meira y la solana orientada al mediodía, y pegado a la casa el horno de mi amo, que tenía además dos cámaras, y por detrás una cuadra para las monturas de los visitantes, que ésta era de mi cuidado, tanto para pisar como para arrendar las yeguas y caballos. En la cámara grande del horno, sentado en el sillón de velludo verde, leyendo en el atril los libros de las historias, recibía mi amo a los huéspedes. En la jaula de vidrio silbaba el cornudo, y de la redoma del bálsamo de Fierabrás goteaba, por la billa de boj dorado Monterroso, en el vaso de plata, el rojo y perfumado licor.
Yo, cabe el atril, con la palmatoria en la mano en la que ardía la vela de cera de las colmenas de Belvis, seguía atento el dedo de don Merlin, que iba por las hojas de los libros secretos, renglón a renglón, deletreando los milagros del mundo.
