
El gato Cerís, un gato albino y ciego, venía a acostarse a mis pies.
Los Quitasoles Y El Quitatinieblas
Estaba yo a la sombra de la higuera ramona, labrando con mi navajita para puño de bastón un pajarillo en la cabeza de una rama de aliso, y me salían muy bien los pájaros, con las alas plegadas y la cabecita inclinada, cuando oí aquel tropel, y eran cuatro que venían a caballo, y el último traía a la cola una mula con equipaje, y eran del mismo vestido los cuatro, con grandes sombreros colorados y dalmáticas amarillas, como las de los curas en la misa, medía polaina escotada, y al cuello y al viento unas capas cortas, coloradas como los sombreros. Daba gloria ver subir aquel golpe por la cuesta que venía a la portalada. Corrí a buscar la birreta nueva, que la colgaba siempre en la viga del horno, porque tenía ordenado que cuando había visita saliese con ella a la puerta, para poder quitarla haciendo cortesía. En esto estaba muy bien educado, y era la lección que tenía que abrir el portón con la mano izquierda, mientras con la derecha quitaba la gorra y estiraba el brazo un poco hacia atrás, bajando una chispa la cabeza. Me enseñó tal agasajo mi ama, doña Ginebra. Abrí, pues, a aquellos montados y saludé, y el que venía delante, un gordo y colorado que llevaba el sombrero levantado para dejar ver una perrera de flequillo muy rizada, me preguntó por don Merlín, y yo le dije que estaba tomando las once, y él me avisó que venían de París y traían un gran mandado. Los dejé desmontando y corrí a gritarle a mi amo, que estaba, como de costumbre, tomando unas once de huevos revueltos y vino clarete. Ya se asomara la señora Marcelina, ya viera que era mozo guapo el qué ramaleaba la mula del equipaje, y ya me salió al pasillo para soplarme:
