– Son gente de Iglesia, que no gastan espada.

Mi amo era muy reposado en el comer y muy limpio, y de continuo lavaba las manos, y al sentarse a la mesa y al levantarse. Hizo sin prisas toda la costumbre que tenía, ahuchó la boca con el último trago de clarete, dobló la servilleta, y le hizo aquel nudo de orejas de conejo que usaba, calzó los mitones y el bonete de borla, y, apoyando en mi hombro la mano derecha, allá fuimos, como en una procesión, a saludar a los forasteros.

Le hicieron los cuatro al señor Merlín una gran reverencia, quitándose los sombreros, y el gordo de la perrera habló muy rápido en su lengua, y don Merlín estaba muy atento, y dos o tres veces, mientras hablaba el forastero, mi señor amo llevó la mano al bonete, como cuando se dice "Dios Nuestro Señor" o "Santa María Virgen". Don Merlín le contestó también en su lengua pocas palabras, y mandó pasar a la cámara del homo a los viajeros, excepto al mozo de la mula, que me ayudó a meter los caballos en la cuadra y a darles un algo de comida. Entrambos bajamos de la mula el equipaje, que era liviano y de más bulto que peso. Le hice señas de que pasase él también a la cámara, que yo quedaría por guarda del equipaje, pero él, sonriendo, y a fe que era muy mozo y tenía un no sé qué de alegre hermosura y era muy pulido de maneras, en nuestra habla me dijo:

– No puedo, mi amigo, dejarte por guarda de este atavío, que es mi oficio señalado no apartarme de él ni un alfiler de monja. Venimos de París en cuatro jornadas, y somos gente del obispo de aquella villa, y lo que yo quería ahora de ti es un vaso de agua fresca.

Se lo fui a buscar al pozo viejo, que es como una nieve, y él bebió sabroso y despacio.

– Yo ya sabía que ustedes eran gente de Iglesia-le dije cuando remató de beber, añadiendo que una criada mayor que teníamos en la casa se lo conoció porque no traían espada.

– Esa vuestra criada mayor, acertando en algo, no acertó en todo.



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