Si por casualidad -una casualidad más bien imposible- uno sobrevivía intacto, estaba claro que algo agradable sucedía, si no la información no sería tan difícil de conseguir. Pero ¿qué era exactamente? ¿Y cómo averiguarlo?

Como era obvio, no se podía contar con los padres: eran agentes dobles que ya habíamos desenmascarado cuando, deliberadamente, habían intentado desinformarnos. A los míos les había lanzado una pregunta bastante fácil -cuya contestación, naturalmente, yo ya sabía- y sólo me habían dado una respuesta chapucera. Una noche estaba leyendo la Biblia para hacer los deberes e hice que mi madre levantara la cabeza de la página de pasatiempos de la revista Shepreguntándole:

– Mamá, ¿qué es un «éunuco»?

– Oh, no estoy segura, querido -respondió en voz baja (hasta aquí era posible que ella no lo supiese)-. Preguntémosle a tu padre. Jack, Christopher quiere saber qué es un eunuco…

(Buena jugada esta, corrigiendo la pronunciación pero ocultando el saber.) Mi padre miró por encima de su revista de contabilidad (¿es que no tenía suficiente material en el trabajo?), vaciló, se pasó la mano sobre la calva, vaciló, se quitó las gafas y vaciló. Durante todo ese tiempo estuvo mirando a mi madre (¿habría llegado el Gran Momento?); mientras, yo hacía como que estaba absorto en la Biblia, como si un examen minucioso del contexto fuera a responder a mi pregunta. Mi padre empezaba a abrir la boca cuando mi madre exclamó, con la voz que ponía cuando iba de compras:

– …es un tipo de criado abisinio, creo, ¿no, querido?



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