
– Bueno, ¿alguna pregunta?
– Profesor, ¿cuándomosadar reprodción humana profesor? Stanprograma.
– Ah -contestó (¿y no detectamos ahí una sonrisa de satisfacción?) -. Es muy simple. Es el mismo principio para todos los mamíferos.
Y luego salió del aula.
En otras partes del colegio, la información era igualmente difícil de obtener, al menos a través de los canales oficiales. El artículo sobre planificación familiar del volumen «Hogar» de la enciclopedia había sido arrancado del ejemplar de la biblioteca del colegio. La otra única fuente de conocimiento posible era demasiado arriesgada: las clases de confirmación que daba el director. Estas incluían un breve curso sobre el matrimonio, «cosa que no vais a necesitar por ahora, pero que no os hará daño saber». Desde luego no nos iba a hacer ningún daño: la frase más excitante que utilizaba el severo y receloso regente de nuestras vidas era «consuelo y compañerismo mutuos». Al final del curso señaló un montón de impresos que había en un rincón de su mesa.
– El que desee saber más que tome prestado uno de estos cuando salga.
También podría haber dicho: «Manos arriba todos los que abusen de su cuerpo más de seis veces al día.» Nunca vi que nadie cogiera un impreso. Nunca supe de nadie que lo hubiese cogido. Nunca supe de nadie que supiese de alguien que lo hubiese cogido. Con toda probabilidad, el mero hecho de aminorar el paso cuando uno se acercaba a la mesa del director era una ofensa punible con azotes.
Nos abandonaban, como decía Toni frecuentemente, a nuestros resabios; y lo que descubríamos era bastante incoherente.
