
Teníamos una ligera idea del acontecimiento principal -incluso el insuficiente resumen de Lowson nos había dejado en la cabeza el concepto de penetración-; pero la logística concreta del asunto seguía siendo confusa. Cómo era, en realidad, el cuerpo de la mujer era nuestra preocupación más básica e inmediata. Nos fiábamos mucho del National Geographic, lectura imprescindible para todos los intelectuales del colegio: aunque a veces era difícil inferir algo de una pigmea con taparrabos, recubierta de tatuajes y pinturas rituales. Los anuncios de sostenes y corsés, los posters de las películas X y la Historia del Arte de Sir William Orpen eran bastante insatisfactorios. Cuando Brian Stiles nos mostró su ejemplar de Span-una revista nudista de bolsillo (de la misma calaña que Spick)- las cosas se aclararon un poco más. O sea que así es, pensamos, contemplando el bajo vientre de una volatinera expuesto al viento.
Aunque incansablemente carnales, también éramos profundamente idealistas. Parecía una buena mezcla. No podíamos soportar a Racine porque, aunque la intensidad de los sentimientos que experimentaban sus personajes era, calculábamos nosotros, probablemente los mismos que alguna vez sentiríamos, el encadenamiento de emociones con que se desarrollaban sus argumentos nos hastiaba. Nuestro hombre era Corneille. O mejor dicho, sus mujeres eran nuestras mujeres. Apasionadas pero obedientes, fieles y virginales. Toni y yo discutíamos muchísimo sobre mujeres; aunque siempre dentro de una eventual perspectiva familiar.
