
– Así que tenemos que casarnos con vírgenes. -(No importaba quién iniciara el tema).
– Bueno, no es obligatorio, pero si te casas con una que no es virgen, a lo mejor resulta ninfómana.
– Pero si te casas con una virgen puede salirte frígida.
– Bueno, si es frígida, siempre te puedes divorciar y empezar de nuevo.
– Pero si…
– Pero si es ninfómana, no puedes ir al juez y decirle que no te deja en paz. Tienes que cargar con ella. Estás…
– …Perdiciiiiión. Sin duda.
Pensábamos en Shakespeare, Moliere y otras autoridades. Todos ellos estaban de acuerdo en que no había que reírse de un marido burlado.
– Entonces, tendrá que ser virgen.
– Exacto.
Y nos dábamos la mano en señal de acuerdo.
Sin embargo, nuestro acercamiento práctico a las chicas era más lento que nuestras declaraciones de principios. ¿Cómo podía descubrirse si una era ninfómana? ¿Cómo saber cuál era virgen? ¿Cómo hacer -y esto era lo más difícil- para escoger esposa? ¿Buscar una con pinta de ninfómana pero que fuese virgen?
Muchas tardes, de regreso a casa, Toni y yo nos encontrábamos con un par de chiquillas del colegio femenino que esperaban el mismo tren que nosotros en la parada de Temple. Vestían uniformes de color magenta, las dos eran morenas y llevaban medias de verdad. Su colegio estaba justo enfrente del nuestro, pero no estaba bien visto que se relacionaran con nosotros. Incluso salían quince minutos antes, para librarlas de… ¿qué? ¿Y de qué pensaban las chicas que se libraban? Ergo, todas las chicas que viajaban en el mismo tren que nosotros se habían quedado, obviamente, esperando a fin de poder viajar en el mismo tren. Ergo, querían que les dijésemos algo. Ergo, eran ninfómanas en potencia. Ergo, Toni y yo nos negábamos a devolverles sus tímidas sonrisas.
