4. El callejeo provechoso

Los miércoles por la tarde no teníamos clase. A las 12:30 unos cuantos niños salían, metiendo sus gorras en la cartera, por la entrada lateral de un edificio Victoriano del Embankment. Minutos después aparecía un grupo más tranquilo de alumnos sin gorra del último curso, que bajaban lentamente las escaleras de la entrada principal balanceando sus paraguas despreocupadamente. Los miércoles, la Sociedad de Historia del colegio organizaba excursiones de estudio a Hatfield House; los fanáticos del ejército engrasaban sus bayonetas para una suerte de prácticas militares; otros chicos salían disparados llevando bajo el brazo, según fuese su deporte favorito, la toalla, enrollada como si fuera un brazo de gitano, los floretes, las bolsas de criquet, los enormes y pestilentes guantes. Los más tímidos se dirigían a sus casas, con la razonable convicción de que violadores y castradores todavía no se habían lanzado al metro.

Toni y yo nos abandonábamos al Callejeo Provechoso. Habíamos leído en algún sitio que Londres ofrecía todo lo que uno podía desear. También, por supuesto, lo ofrecía Viajar, y teníamos la intención de dedicarnos a eso más adelante (aunque ambos habíamos estado ya en el campo, y lo encontrábamos decepcionantemente vacío), porque todos aquellos que ejercían influencia sobre nosotros estaban de acuerdo en que era bueno para la mente. Pero se empezaba en Londres; y era a Londres adonde uno regresaba, finalmente, repleto ya de sabiduría. La forma de desvelar los secretos de Londres estaba en el Haraganeo. Il vaut mieux gâcher sa jeunesse que de n'en rien faire.

Fue Toni quien desarrolló primero el concepto de Callejeo Provechoso. Según él, perdíamos el tiempo saturándonos obligatoriamente de conocimiento o bien divirtiéndonos obligatoriamente.



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